VI. La perra que no ladra

Disto mucho de ser el mejor amigo últimamente, siempre he dicho en mis adentros que sí, tengo algunos amigos, uso la frase cliché de “los cuento con los dedos de las manos” y justo cuando empiezo a contar resulta que me trabo y en otras ocasiones me hacen falta dedos; he dejado de hacerlo desde que mi intención en esta vida ha sido fluir con ella, no dejándome arrastrar por la corriente por supuesto porque eso me haría un pescado ordinario, tampoco un salmón que va contracorriente porque mi intención no es ser comido por un oso al final del camino, fluyo normal, aprovechando las ventajas de las corrientes para abrirme paso y avanzar muchas millas cuando éstas me lo permitan, siempre aprovechando las ventajas del rio, del mar, de la corriente misma, de la lluvia, de la luz del sol y de la luna, del viento, de las piedras, de las raíces de los árboles, del vivo sonido de los pájaros, de los grillos, de todo. También pienso en la pregunta de aquel libro que no deja de perseguirme ¿es mejor pasar el camino sólo o acompañado?… qué es mejor, qué será. Pienso que hay momentos, yo llevo ya veintinueve años caminándolo solo, siempre con personajes que aparecen y me llenan de alegría pero sólo es intermitente, por alguna razón son sólo temporales, sí son contados aquellos con los que aún sigo caminado de la mano, algunos días en la semana y otros los días libres, y lo que encuentro en común de ellos es que nos damos espacio, no estamos asfixiándonos, digamos que ya superamos la etapa de “amigos tóxicos”. Probablemente he decepcionado a muchos con mis ausencias repentinas pero considero que a todos nos pasa, la vida es tan abrumante, al menos para mí, que verdaderamente lo único que puedo hacer es desaparecer, huir. Algunos me dicen que es evadir la realidad pero yo difiero, es sólo desaparecer para resetearme, cargar nueva energía, así funciono, en el fondo todos. Hace un par de años las redes sociales comenzaron con su popularidad, al menos yo no soy la generación Z, no nací en un mundo donde desde niños ya se tenía un teléfono, un perfil cargado en la red o un aparato con conexión a internet, no escribía lo que pensaba en unos cuantos renglones para después presionar “publicar” a literalmente todo el mundo que tuviera acceso al link de mis ideas. Simplemente si me sentía frustrado me salía a patinar y a convivir con los otros niños que seguro pasaban por lo mismo, imitábamos los personajes de caricaturas violentas y programas japoneses y estadounidenses, entre otras nimiedades. Recientemente justo pensaba en eso, me auto-estalkié y vi publicaciones que hice hace un par de años y no me gustó leerlas, vi fotos de fiestas, antiguos y nuevos amigos, música que me sigue gustando y de pronto me di cuenta que la única razón por la cual no me había dado el valor de cancelar mi cuenta era porque me sentía enganchado a esos momentos que según yo me habían forjado y, probablemente sí, pero de una manera superficial. Después observé mi librero y noté un par de libros que había comprado hace años y que ni siquiera les había roto el empaque original y en contra parte, sumé el rato que paso diario revisando mi línea de tiempo, vamos, qué jodidos me va a importar lo que está haciendo un amigo que tengo más de ocho años sin ver, honestamente no creo que vayamos a reunirnos para ponernos al día, sigo un par de páginas que me gustan mucho, pero vaya, que bien puedo visitar su blog o sitio oficial. No recuerdo a uno de esos contactos preguntarme cómo estoy o si estoy libre para tomar un trago pronto, yo tampoco lo he hecho y no creo que vaya a hacerlo. De mis amigos ya tengo sus números de teléfono y hablo con ellos siempre. Ahora, ¿de verdad es relevante para el mundo saber cuántas de sus ciudades visito, cuándo y con quién, le importará al mundo mi última y sobresaliente frase, mis gustos musicales, los libros que leo, las películas que veo? Definitivamente es una herramienta útil a la cual no le estoy dando buen uso, decidí borrarme del mundo virtual por ahora.

 

 

Últimamente descanso más y por ende tengo sueños, soné que no podía sacar el ticket de comida en mi trabajo, que mis manos no podían hacer el movimiento de acercar la tarjeta al lector, me desperté riendo. Otra noche soñé con un buen amigo de hace años, con el cual ya no tengo contacto porque a mi parecer se dejó llevar por la corriente rápida, se casó, compró un coche y una casa, corre maratones y su trabajo es modesto. No digo que eso sea correcto o incorrecto, sólo pienso que a los veintinueve años no se está lo suficientemente maduro o sabio para diferenciar entre el amor y una simple emoción momentánea que puede durar años. Estos pensamientos más que paradigmas son prejuicios, pero todos los tenemos y no pretendo abundar en ello, son parte de mí, como mis extremaduras, como mis ojos, como mi piel. En el sueño se mezclaron cosas reales y otras que mis neuronas crearon; lo real fue el cómo nos conocimos en la universidad, como lo vi por primera vez semidesnudo cambiándose la ropa ordinaria para ponerse un uniforme de futbol, observé sus piernas, para ser de un hombre estaban bien formadas y tenía los dedos de los pies simétricos, dignos de admirarse. Eso no me produjo alguna sensación sexual, sólo un paradigma diferente porque vaya, eso de andar pensando ese tipo de cosas de los amigos no es políticamente correcto, mucho menos violar la confianza que evidentemente se produce entre dos personas que hace que se desnude uno en frente del otro. Luego imágenes de nosotros yendo por un trago, un café, a muchas fiestas, de fumar mois y reír como nunca. Después, uno de mis cumpleaños, donde respectivamente bebidos y fumados bailábamos con todos los demás, yo sabía que eso de los hombres no era lo suyo, pero claramente se sentía esa forma diferente de tratarnos, simplemente hay maneras en las cuales no hablas o eres con todos los demás, me refiero a esa manera en la cual estás conectado con alguien pero sin estar muy seguro de qué o cómo es, de no saber qué exactamente ese ese vínculo que tienen en común. Aun en mi sueño, recordé el momento dónde fuimos a la cocina en casa de un amigo para rellenar el vaso con vodka, que sin más lo tomé de la cintura y acerqué mi boca a la suya, debieron pasar unos diez segundos hasta que me dijo ya, nos están esperando. No empeoró ni mejoró la relación después de eso, pero respondió, respondió el beso, me decía una y otra vez, ¿significará algo? Nunca le pregunté. Dentro del sueño, recordé la vez que nos vimos hace un par de semanas, casualmente corriendo por la misma zona, noté que me vio pero opté por pasar de largo, hay cosas o amistades que no hay que reactivar, por el bien ajeno y no el propio. En mi sueño me acercaba a él y platicábamos de cómo nos trataba la vida y lo mal que hemos hecho todos estos años al distanciarnos. Desperté con una sonrisa tonta en la cara. De regreso a la realidad abrumante, fui como habitualmente lo hago a correr para despejarme y cambiar de aires. Me topé con el pendejo que me hizo sentir adrenalina en mi estómago una vez más, con el cual todo pintaba a una bonita y entretenida relación pueblerina, de esas que duran meses pero desestresantes y significativas. Me percaté que había regresado con su ex, nunca aceptó mi solicitud de amistad en la red social ni respondió a mi elaborada seña poliglota de “hola” en todos los idiomas que él y yo conocemos. De pronto quiere reactivar el filtreo pero como dije, hay cosas que es mejor no evocar nuevamente, por el bien ajeno, no por el propio.

Llega el fin de semana y hay que aprovecharlo, me veo con otros amigos para asistir a un evento cultural, se supone descansaríamos el viernes para el sábado aprovechar todas las obras posibles, tanto en teatro como en la calle, resulta que nos emborrachamos como típicos universitarios y terminamos el asunto a eso de las siete de la mañana del nuevo día. Por alguna razón que he olvidado, omití pedir las llaves a la vecina de mi amiga y no teníamos cómo entrar, había opción de regresar a casa de otro amigo a dormir pero por alguna razón esto tocó fibras sensibles y terminé regresando sólo a casa de otra amiga a dormir, nunca supe ni quise preguntar porque la molestia hacia mí, debió ser un mal día para ambos, sólo pensé que era muy temprano para discutir. En cuanto cerré los ojos sólo puede descansar y entendí que mi lugar no estaba ahí, no soñé nada, sólo me dejé llevar por el sonido de los árboles allá afuera, por el ruido de un cotorro y un perro salvaje que no dejaba de cantarle a la mañana inminente.

Al despertar, esta otra amiga me ofrece un café expreso y su perrito gris se acerca y brinca al sillón donde yo estaba, noto que jadea pero no ladra, usualmente cuando alguien llega y más un desconocido a casa, los perros suelen ladrar y no recuerdo haberlo oído. Se acerca otro amigo y el perrito sigue jadeando pero no emite un sonido. Le pregunto qué le pasa, por qué no ladra. Me cuenta que desde que llegó a esa casa no lo hace, que es una perrita. Me la regalaron hace siete años, justo me tenía que cambiar de casa y no había espacio para tenerla, entonces le pedí a mi exnovio que la cuidara mientras me ubicaba en un lugar más grande, él tenía un patio grande y otra perra, se acoplaron perfecto desde el primer momento y recuerdo que cuando la iba a ver se la pasaban jugando, la perrita ladraba y ladraba; pasó un año hasta que encontré esta casa con espacio para tenerla y me la traje, desde que entró se la pasaba triste pero no lloraba ni ladraba, tampoco comía mucho, fui hasta semanas después que agarró una croqueta del plato y comenzó a jugar con ella, luego se la comió, pienso que en ese momento se dio cuenta que no regresaría al patio grande, pero jamás volvió a ladrar. Observo la casa, tiene la vista bellísima a un cerro, las paredes son blancas y las adornan cuadros abstractos, algunas fotografías y entra mucha luz, miro a la perrita, mueve su rabo y parece estar emocionada pero no ladra; justo así, justo así soy yo, pensé.

 

21 oct. 15 Celaya Guanajuato 12:22am

Coldbudy

 

 

 

 

 

 

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