V. Con el corazón en la mano.

 

A veces ya no se ni por qué lloro, la misma sensación de nostalgia lo provoca, algún bonito recuerdo, en otras ocasiones uno malo, puede ser también por aquello que no se pudo ni podrá materializar, no sé, pueden haber muchas razones pero a estas alturas de la vida ya no sé a qué se debe. Trato de leer tanto como mi mente puede soportar, perderme en los bits de nueva música y en conversaciones profundas con mis amigos pero ahí está, ahí sigue. La nostalgia ¿será algo patológico, es una enfermedad crónica, alguien habrá muerto ya de nostalgia, habrá cura? Lo mejor es dejarla fluir, así como desde las montañas el agua sigue su curso hacia el mar. Hay tantas decisiones por tomar y muchas de ellas no están en mis manos, me he dado cuenta que entre más honesto eres con las personas más se empeñan en destruir tu esencia, a esta edad ya lo sé, conozco el final del cuento, sólo hay dos opciones y hace un par de años me incliné por una, esta vez será oportuno intentar la otra. Paciencia pequeña oruga, me dice mi amigo anciano. Las filosofías del mundo tienen sus opiniones al respecto, hablan de que todo tiene su tiempo, todo tiene su momento , nunca es tarde ni es temprano para las cosas que suceden, son en el momento que deben ser y punto. Hay veces que me imagino caminado entre edificios y paisajes muy lejos de los cuales vivo, me empeño en creer que hay algo más o que un día lo habrá pero desafortunadamente siempre será lo mismo, experimento esa sensación de repetir las misas situaciones sólo que con personas diferentes, me da la fuerte impresión que no he aprendido esa lección que la vida me quiere enseñar muy a su mala manera. Es verdad que para perfeccionarse hay que pasar por muchas situaciones, que uno es como la vasija y el artesano de aquella parábola cristiana que tanto me gusta, uno es como el barro, del cual se hace una vasija y se es así por mucho tiempo hasta que se decide cambiar, evolucionar. Para dejar de ser esa vasija uno debe romperse, quebrarse y pasar nuevamente por fuego, dejarse moldear por el artesano y resurgir como una vasija nueva. Un proceso que se puede experimentar tantas veces como el temple lo permita. También es verdad que después de tanto quebranto emocional uno necesita un pequeño break, un largo descanso diría yo, a lo cual alguien interpretó como “zona de confort”, resulta que mi estado de quietud ha sido interpretado como mediocridad. En el fondo yo sé que todo es una obra mal montada que tarde o temprano tendrá su desenlace y cooperaré arduamente para tener el resultado más favorable para mí, esta vida no puede ser tan difícil ni tan torpe de sobrellevar, ni personas tan intimidantes que no puedan lidiar. Es la sensación que deja un hoyo negro, vació en el estómago pero se pasa haciendo ejercicio o siendo falso como la mayoría de las personas que habitan este mundo, unos le dicen dejar que atole circule por las venas o simplemente ser frío, como era antes de romperme como la vasija de la parábola.

Todos tenemos un antes y un después, lo veo en las redes sociales con mis amigos, me ha dado cuenta que conservo mis cuentas sólo para no desvanecerme en el tiempo, para no hacerme invisible y para saber de mi entorno. A la mayoría ya ni les hablo pero es ese antiguo yo que se empeña en prevalecer, como si haber dado el paso siguiente sólo fue un acto simbólico y aún traigo el pasado como fantasma que me rebana y sangra el alma, eso que hace brotar las lágrimas como llave descompuesta con fuga imparable. Retomando, no tengo contacto con muchos de ellos pero a su vez son mi recordatorio de lo que no quiero repetir o no quiero ser, también para motivación, de vez en cuando me gusta ver que andan en lugares del mundo de los cuales probablemente nunca iré o que son felices al menos, que han tenido hijos y que se han casado, que siguen frecuentándose al menos cada dos meses y así seguirán, luchando, avanzando, lográndolo hasta el último día de sus vidas. Recuerdo haber asistido a una reunión ocho semanas atrás aproximadamente, explícitamente me dijeron inmaduro, que esta manera de pensar y de ser tenía un precio, estar solo me dijeron, sigues igual, qué no piensas en estabilizarte, tener una relación perdurable, madurar; continuaban argumentando. Al principio me molesté pero yo decidí ir, sabía a lo que iba y gracias por el mezcal que alguien llevó puesto que no hubiera soportado tanto argumento irracional sin un trago fuerte rebanándome la garganta. ¿Qué es estabilidad, qué es una relación perdurable, qué es madurar? ¿existe algún estabilidómetro, alguna medida para el amor, algo que mida la madurez? Hasta el momento me queda claro que es pura percepción, ésta es la única medida no oficial para todo aquello, la percepción nos hace entender las cosas a nuestra mejor conveniencia y les argumenté, si una relación estable es casarse con la novia de hace años para comprar una carro y una casa en el fraccionamiento de moda con el salario de un empleo moderado, para después envolverse en situaciones de infidelidad, tener hijos y amante cada que se presente la oportunidad, amargarse y amargar a los demás por las frustraciones propias que esto conlleva, organizar una boda por el mero hecho de satisfacer los deseos de los padres, quedarse soltero por nunca haberse desprendido de los progenitores, entre un sinfín de ejemplos que se pueden mencionar, no, probablemente no lo haré.

Hace un par de meses que me mira intrigado, generalmente podría decirse que es una contemplación constante de admirar algo diferente, al principio no tomé atención porque mi mente estaba muy ocupada en el futuro y en el pasado, tanta mierda que uno va aprendiendo por la vida y no es capaz de procesar, se debe ser agradecido por ese estatus que tanto cuesta obtener, pero no cabe duda que la experiencia para poder equilibrar las emociones es la que al final del día te hace sobrevivir a la rutina y las situaciones repetitivas. El universo se contrae y se expande me decían, y eso mismo soy, eso somos, el universo en sí. Muchas veces no quise interpretar esas miradas, lo mantenía simple y así se pasaron los meses, algún saludo aislado se nos escapaba de pronto, un hola algo confuso y en tono bajo y una despedida variada como buenas noches, que descanses, cuídate y gracias. Ha de medir aproximadamente 1.70m, piel pálida, más bien blanca, unos 65 kg bien distribuidos, nariz parecida a la forma del pico de un águila, pelo negro que por momentos me da la apariencia de gris, ojos cafés o claros, no he prestado mucha atención a ellos, pero sí a la mirada, esa que me sigue hacia donde camino como permeando mis movimientos, sopesando las sonrisas que hago involuntariamente al saludar a mis amigos y que parecen oídos atentos a lo que les platico. En aquellos momentos terminaba un par de relaciones que me aventuré a tener al mismo tiempo, nada serio y sólo diversión. La vida me decía, cuídate, necesitas estar solo un momento. Un día estaba en la ciudad colonial que tanto me reconforta, comí en uno de esos restaurante que están de moda, hípster les llaman, vintage, diferentes. Había jazz y el vino espumoso sabía delicioso con las caricias del sol a plena tarde más un poco de helado de vainilla. Cuando fui al baño y pasé por los espejos enmarcados con molduras antiguas, como cuadros del siglo XIX me percaté de unas escaleras que guiaban a la azotea, sentí que me invitaban a subir y lo hice, me brinqué la pequeña tranca a manera de retén que impedía subir y me dirigí a encontrarme con las caricias cálidas de la tarde, son los efectos del vino en mí, tranquilidad, serenidad, equilibrio. Había plantas de naturaleza seca, cactus, muchos magueyes y plantas sin hojas pero verdes, muy verdes apuntando sus extremidades afiladas hacia el sol, parecía que se abrazaban con la tibieza de la tarde, una relación perfecta entre ellas. Vi el domo de la iglesia en la plaza principal y las escalinatas de la universidad, a lo lejos en el cerro la estatua de un indígena, pieza clave para tomar la ciudad según la historia en los años de la independencia y a lo lejos, casitas coloridas pegadas unas a otras en las faldas del cerro. Respiré hondo y proyecté una fiesta con amigos íntimos pasándola de lo mejor, platicando de banalidades, de nuevas bandas en la escena independiente, de las populares, de escritores, de pinturas y de viajes realizados y por realizar, de éxitos en la vida laboral y de los fracasos que conllevan. Me imaginé que él estaba ahí, no sólo formando parte del relleno, si no conmigo, al otro lado de la terraza, platicando algo efímero con alguno de mis amigos, que yo le sonreía discretamente agradeciendo el estar ahí y por formar parte de mi presente, de bailar con él simbólicamente con la mirada una canción que se escucha al fondo, con acordeón, un par de instrumentos de cuerda y una voz nostálgica en inglés. Puto alcohol, puta serenidad, las cosas que le hacen a uno imaginar.

Estoy algo confundida, me siento incapaz de conocer nueva gente, no en el modo de ermitaño, más bien en la manera de intimar con los demás, es como aquella película donde los amigos se encuentran uno a otro por la vida y se sabe que con ellos será para siempre, no importa a donde se vayan a vivir o lo que vaya a suceder, siempre juntos, entendiéndose y respaldándose; no me da la gana explicarme, de darme a conocer, de que me entiendan y de descifrarme, me siento completa con los amigos que tengo, son los que son y no hay vacante para uno más por el momento. Me decía esta amiga que conozco de ya hace muchos años, es una amiga puente, no de esos que te presentan a alguien o a otros amigos y cambias de círculo social dejando esa amistad en el pasado, más bien de esos que permiten atravesar caminos, barrancos, situaciones, juntos, siempre acompañado y respaldado. Justo a ella le contaba la historia de la terraza, de lo que pensé en ese momento y de que intentaría materializarlo. Me tomó un par de agallas acercarme al individuo y fue un poco más sencillo de lo que pensé, resulta que luego el universo pone las piezas para que algunas cosas pasen, de por sí las miradas ya me habían dado entrada para sacarle platica de cualquier cosa pero no quería que fuera del clima, no soy tan estúpido ni tan básico. La mayoría del tiempo que me lo he encontrado trae esos audífonos enormes, algo aparatosos y bien pudieran ser una barrera para la comunicación entre dos personas que buscan hablarse, pero lo tomé más como oportunidad que como desventaja, si de algo sé en este mundo son dos cosas, una, que no se absolutamente nada y la otra es de música. Me lo topé de frente y noté que observaba el tatuaje que llevo en las costillas, lento viene el futuro, lento pero viene, verso de Benedetti que para mí significa todo y nada a la vez; le dije, se nota que tienes buen gusto con la música, qué playlist escuchas, recomiéndame algo. ¿Cómo qué te gusta? Me pregunta un tanto incrédulo a mí petición. Ejem, Julion Alvarez. No lo conozco, disculpa, contesta abochornado. ¿No lo conoces? Es buenísimo, le respondo con sorna, canta terrenal, poesía pura. No, disculpa, no lo manejo, contesta algo apenado. Es broma, le digo, Julion es un cantante de música grupera, aquí a todo mundo le gusta, pensé entenderías mi chiste, perdona. Ah, ya veo, no, usualmente no escucho ese género. Yo escucho lo típico en inglés, algo en francés, italiano, alemán me gusta y en japonés. ¿Japonés? Le pregunto. Sí, en japonés. El japonés me parece raro, qué escuchas en francés por ejemplo. No tendría por qué gustarte el japonés, es raro, pienso que yo soy raro a veces. Todos lo somos, no hay nada de especial en ello, nada de qué preocuparse, ¿me recomiendas algo entonces?

Pasaron un par de días antes de que me lo volviera a topar de frente pero las veces que nos visualizábamos de lejos hacíamos la seña del “hola”, del “adiós”. Un día se me ocurrió sugerir salir por un trago, independiente de todo, se ve buen tipo, desafortunadamente sus géneros musicales no fueron de mi agrado, sin mencionar para no herir susceptibilidades. Le propuse ir a un concierto sinfónico, por el típico trago después del trabajo pero de un sí algo confundido vino un sutil no camuflajeado con, a mi parecer pretextos tanto creíbles como no verosímiles. Debo aceptar que mi ego, o lo poco que hay de él se sintió incómodo, decepcionado y algo confundido. Pensé que tal vez no soy lo suficientemente bonito para él, inseguridades de secundaria que detuve tan pronto se presentaron en mis pensamientos. Es lo que es, lo que debía ser y es lo mejor que pudo suceder, dicen las filosofías milenarias y estoy dispuesto a ponerlas en práctica.

Las relaciones en las que me he envuelto han sido siempre del tipo problemáticas, en un momento de la vida no me importaba porque eran resultado de mi edad mental, no es que ahora crea en el “vivieron felices para siempre”, en el amor eterno, en las promesas inmortales, ni que sea del todo maduro, pero sí me siento completo; hay ocasiones en las que ese vacío existencial vuelve pero no es del todo malo, no siempre hay días soleados ni del todo nublados, somos, soy perfecto como la naturaleza, hay días diferentes y mi ánimo también lo es. El que mi experiencia de vida sea que las relaciones de cualquier tipo no perduran, no es motivo para cerrarme o crear un paradigma dañino que no permita compartirme con mi entorno. Una amiga que recién se separó del que ella pensaba era el hombre de su vida, me dijo: pequeño, el amor no existe, es sólo una fracción del tiempo en la que supones cosas y te la pasas bien, luego, vienen situaciones y todo se acaba. Yo pensaba que él era ese hombre que toda la vida había deseado, resulta que no, nos convertimos en una situación más en la vida de cada uno. Ella seguía contándome mientras contemplaba la pared, asíncrona, decepcionada, con la mirada firme pero desatinada. El hecho de que tú, de que muchas otras personas, de que tal vez yo en algún momento hayamos creído haber conocido ese hombre, esa mujer, ese ser humano que nos complementaba, que nos hacía sentir bien, que nos hacía imaginar pendejada y media respecto a un futuro perfecto y lleno de bonanza no significa que deje de creer en ello o que vaya a fracasar como tú y ellos piensan debido a su experiencia de vida, probablemente el amor, la esperanza sí, sean artimañas con las cuales nos dotó la evolución o Dios para sobrevivir en esta realidad que se contrae y se expande, en creer en un presente y futuro lleno de bonanza y felicidad sí, puede que todo eso sean puras fantasías, idioteces que uno poetiza para sentirse mejor, pero, puede que haya la posibilidad de que lo logre, que no hayas obtenido el resultado esperado con tu ideal, no quiere decir que yo no lo vaya a obtener. Al terminar de responderle, ella soslaya su cabeza y clava su mirada en mis ojos mientras yo volteo a contemplar la pared con la mirada llena de él, del color de su piel, embarrada de su ahora indiferencia hacía mí, de sus evasiones a mi sonrisa, de saber que probablemente no vaya a suceder con él, pero con la plena convicción de que algún día, si yo me lo permito, sucederá.

Coldbudy. 20 Junio 2015

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