II. La noche que buscaba.

Estos días se van poniendo difíciles, la bandeja del e-mail en el trabajo parece que no va a vaciarse nunca, muchas instrucciones y muchas actividades por hacer afortunadamente, el trabajo, aparte de ser un buen medio de supervivencia y hacer dinero también sirve para mantener la mente ocupada de mucha mierda que la mente es tan hábil para producir. Siempre he pensado que la vida es bonita, digo, unos con mejores oportunidades que otros pero ahí está la consistencia de las cosas, esforzarse para obtener lo que se quiere y más aún, estar preparado para esa oportunidad única que abrirá las puerta, ventanas y sin número de posibilidades para ser feliz. Es verdad, la cotidianidad a cualquiera absorbe y si se deja, lo sume en un hoyo lúgubre habitado por dudas e incertidumbres, lleno de oscuridad y muchos demonios. Justo estaba en ese punto cuando Bea me invita a un viaje mochilero por el sur de este país; mis finanzas no son las más sanas últimamente, pensé, pero aún así hay maneras de lograrlo y vaya, que no sería la primera vez que el resto del mes podría comer atún o algún otro alimento barato. Me tomó una noche llena de demonios, escenarios difíciles y una realidad muy culera para decir, sí, ¡a la mierda todo! lo necesito. Hago la maleta con algo de ropa limpia, un par de identificaciones, algo de efectivo y muchas, muchas ganas de sacar aquel ser que se ha quedado dormido dentro de mí gracias a la maldita presión de “debes ser serio y adulto, compórtate”

Dj es un tipo serio en persona, en mensajes sonaba más amigable, pero como todo americano en proceso de re encontrarse así mismo, es una especie de hibrido entre lo que se quiere ser y aún no se ha conseguido, por eso, renunció a su buena posición en Los Ángeles, vámonos a ver qué hay fuera de esta ciudad, o algo si pudo haberse dicho así mismo, pensé. Bea lo presenta algo entusiasmada pero él al verme, se pone algo serio, supongo me imaginó un mexicano promedio de rasgos muy típicos, probablemente esperaba pasar tiempo a solas con ella o alguna fantasía similar, perdón por incomodar pensé. Por otra parte, Bea es una Quebequense extrovertida, con una mezcla de cálida latinidad en su trato con las persona pero con ese toque de extranjera acelerada, precavida y desconfiada. En el fondo, tienen rasgos de personalidad similar a la mía y es notorio en todos las maneras, hay cosas que trascienden nacionalidad e idioma, el simple hecho de ser un humano con muchos, muchos pedos. Nos aventuramos en un poco más de diez horas de camino para finalmente llegar a una ciudad del sur del país. Dj es de esos que camina por delante de todos, se definió a sí mismo como una persona egoísta, hace comentarios incómodos o políticamente incorrectos pero que al final de la frase, son ciertos y por tanto causan desazón al oírlo. El clima es perfecto, la ciudad no me parece hermosa, la arquitectura es de una ciudad casi porteña y la gente no es nada bonita, pero aún así, no vine buscando nada de eso, sólo a encontrar ese momento de luz que se me dirá “todo es posible, todo”. Andamos por las calles, finalmente llegamos a la parte más bonita, calles limpias y mucha arquitectura restaurada que le da otro enfoque a lo que había pensado inicialmente. Llegamos aún hostal muy decente para lo económico que resultará pasar la noche ahí, es una casona antigua de arquitectura típica española, de amplios pasillos, paredes blancas por supuesto y un patio central donde hay varia gente sentada leyendo, bebiendo cerveza y platicando en diferentes lenguas. Alguien está sentado en una especie de silla que cuelga desde el techo, parece joven, noto que nos observa; DJ y Bea pelean con su equipaje mientras comienzan el registro para el ingreso al dormitorio, el check in pues.

     La mirada sigue persiguiéndonos pero nadie lo nota, excepto yo, que nota esos detalles para posterior escribirlos o simplemente guardarlos en la memoria pero en el fondo para imaginar o indagar, qué estará pensando al vernos, qué le evocamos. Mientras pasan los minutos, recuerdo el mate que me estuve bebiendo hace dos días, lo amargo de la yerba me remota nuevamente a aquel país del sur dónde no encontré las respuestas que estaba buscando, pero que me llenó de inspiración para seguir adelante. El mate me provoca esa sensación indescriptible que aún con veintiocho años no he podio describir, siquiera comparar con algo palpable. Finalmente ingresamos al lugar y la mirada nos sigue como sombra, se parece a Pablo, pienso. En la habitación hay una maleta de viajero, una bolsa con jabón, pasta dental y un cepillo de dientes, también una pequeña libretita. Dj sugiere una apuesta, the one who guess the nationality of our roomy it´s free to pay the first drinks, pienso que es vietnamita, dice DJ, hojeo rápidamente la libretita y leo palabras en español, Bea apuesta por un americano, He´s american, they normally use this type of bags. Es europeo del este, acierto yo. La habitación consta de cuatro camas dividas en dos literas, Bea y Dj ocupan las alejadas de la ventana, la primera arriba y el segundo abajo; yo, elijo la cama superior puesto que la valija del personaje hasta ahora extraño ocupaba ya la cama del primer nivel. Bebemos agua, meamos y salimos del lugar en busca de ruinas, de civilizaciones pasadas, de paisajes diferentes. Una chica vestida de alguna etnia típica indígena nos invita a un lugar por la noche, habrá bailes típicos y muy buen mezcal; listo, nos convenció. Regresamos al hotel dispuestos al ritual de la pulcritud cuando un “hola” con acento pero tímido se deja escuchar, es español; Dj con su español mocho le afirma esto último y el confirma “vasco, soy del país Vasco”. Dilema interminable de aquella patria. Le invitamos una cerveza la cual bebe con confianza no sin antes verificar que la lata estuviese cerrada, nos observa y le contamos la apuesta que hicimos sobre él horas atrás y acepta hacerse pasar por vietnamita en cuanto Bea atraviese la puerta. Ésta, entra cantando una canción que no recuerdo y se apena al ver que teníamos compañía, se saludan y no podemos presentarle ya que omitimos preguntar su nombre, le dice que su nombre es Bea y él dice Peru, me llamo Peru, Ricardo le digo y Dj confirma el suyo. Peru significa algo, pregunta Bea y el vasco nos dice que es un nombre típico de su región, que en realidad no significa nada; Peru, como el país pero sin acento, soliloquié. Lo invitamos a la cena que suena tan prometedora y acepta sin más, plan para esa noche no tenía. La escena me recordó un dialogo de Almodóvar, “gracias, quienquiera que seas siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.

Tomamos un taxi y le indicamos al barrio al cual nos queremos dirigir, el nombre del restaurante debió ser algo mezquino ya que ninguno lo recordamos. Tardamos un rato en encontrarlo ya que estaba en medio de un fraccionamiento y dado el entorno, mis expectativas bajaron en gran porcentaje puesto que me daba la idea del tipo de lugar al cual caeríamos. La comida no estuvo para nada buena, los chapulines asados probablemente eran lo más exótico, al menos mi apetito no era para tanto, era hora de ir por unos mezcales. Llegamos al centro a un barecito recomendado por los lugareños, ahí podríamos encontrar buenos tragos, los nombres eran variados: silencio, gusano, brujo los que recuerdo. Bebemos un par de cada uno y sí, todos contenían un altísimo grado de alcohol, había comenzado el bar hopping. Caminamos y tomamos fotos, no compartimos mucha información entre sí, supongo todos contemplábamos la quietud de la noche, al fin de cuentas es lo que un viajero siempre pretende, encontrar algo o a sí mismo dentro de cualquier recoveco del lugar visitado. Resulta que simplemente no dábamos con ningún lugar, nos encontramos con una plaza mediana pero imponente, con escalinatas que me recordaron mi ciudad aunque no tan bonita. Caemos en cuenta que estamos algo desviados del camino, marchábamos por una calle paralela, bajamos las escalinatas y voilà, ya estábamos en la calle de bares. Ninguno se veía prometedor, la música nos hace entrar a uno, pero era más baile para perrear que en sí para bailar, mi amiga y yo con el fiestometro marcando ochenta por ciento de alcohol en nuestros sistemas vino lo inevitable, bailar esa música. Bebemos un par de cervezas y un mezcal no tan bueno, Peru y Dj por demás lucían aburridos, a pesar que aquel hacia lo posible por divertirse era evidente que esos bailes caribeños no eran lo suyo. Debe haber un lugar al que van todos los lugareños, siempre hay uno en el cual todos están, vamos, tenemos que encontrarlo, comentó el vasco. Salimos y caminamos un par de metros y ahí estaba, el lugar donde todos estaban. Peru se siente confortable ahí, el lugar le recuerda un instrumento típico de su región, la txalaparta y así es como justamente se llama ese lugar. Irse para luego volver, recuerdo y vuelvo a recordar, si algo bueno tiene el alcohol es que te llena de inspiración si es que le sabe tomar, de lo contrario te llena de dudas e incertidumbre, pero a esta edad creo que esas cosas ya debieron quedar atrás porque no siento esa nostalgia adolescente ni ansiedad adulta, sólo eso que algunos gringos llaman stillness of heart. Tiene rato que Dj no está con nosotros, desapareció en el bar anterior sin despedirse, sólo mandó un mensaje que decía irish goodbye que, en términos coloquiales significa irse sin despedir. Bea y Peru platican, no escucho puesto que la música de pronto me pareció buena para dejarla hacerse una con el beat del corazón, bailamos y me uno a la plática, un poco de sexualidad, de lugares, de lo buena que estaba la cerveza. Nos tomamos un par de fotos, subimos al segundo piso y continuamos el ritual, él me dice que no le he contado nada y no sabe nada de mí, lo cual me da a entender que ella le ha contado un par de cosas que la han hecho conocerla. No me gusta hablar de esas cosas cuando estoy bebiendo, le digo con una sonrisa algo torpe derivada de mi estado. Alguien nos toma una foto y siento la proximidad de los cuerpos, me recuerda otra escena de un film llamado les amours imaginaires con música de the knife al fondo, pass this on para ser exactos. Bea nos da un beso en la boca, uno a Peru y otro a mí, el hielo ha terminado por romperse. Salimos del lugar, el nuevo día comenzó hace aproximadamente tres horas y aún hay camino por recorrer. De camino a casa siento como si fuéramos amigos desde siempre, era la noche que estaba buscando. Cerrando la enorme puerta del hostal quedará atrás todo, la fantasía, lo real, lo que sentimos, lo que imaginamos, la vida, la jodida vida, será mejor no voltear para no hacerse de sal.

Dormimos un par de horas y avanzamos a nuestro destino, quedamos con el vasco de encontrarnos un día después en Mazunte, seis horas de distancia, de niebla, de curvas e incertidumbre. El pueblo no es de los más bonitos de este país pero tiene esa calidez que te invita recorrer sus calles enterregadas, de descubrir sitios y vivir, siento que el pueblo me susurra “todo es posible, mientras estás vivo todo lo es”. Recuerdo la primera vez que conscientemente vi el mar, debí tener unos diez años, el sonido del impacto en las rocas, lo infinito de su distancia, la profundidad, la sensación de sentir que era nada en este mundo, estar consciente de lo vulnerable que soy ante él; recuerdo también a la extranjera aventando las cenizas de alguien al que debió amar mucho, de sus lágrimas descendiendo por sus mejillas y haciéndose uno sol el salitre del mar. Eso siento cada vez que lo veo, pero no esta vez. Estoy en busca de respuestas, de algo que no puedo encontrar en el libro más antiguo ni en la persona  más sabia, eso que sólo se encuentra ahogado en alcohol, las drogas por ahora no son buena idea. Horas después llega Peru; no logro descifrar la razón de su regreso, estamos contentos de que lo haya hecho; había dado por hecho que aquel intercambio de teléfonos había sido mero ritual polite, pero al parecer no toda la gente es como uno cree que son. Me da la impresión que tiene una incógnita por resolver también, que está aquí por la misma razón que todos nosotros, la vida, dejarla fluir, respuestas; es reservado más noto que siente alguna afinidad conmigo, debe ser esa melancolía que tienen las personas que han experimentado un momento trascendental como ser humano, lo más bajo o, simplemente le caigo bien, en realidad todos le debimos parecer agradables, por eso regresó, pienso. Se distrae, parece mirarnos pero no, su vista se clava en el horizonte, en alguna chica que pasa, en el perro que insiste en acompañarnos mientras los cuatro estamos echados en la playa. Bea le pide al vasco cante algo en esa lengua, él comienza a hacerlo mientras la ve profundamente a los ojos, tal vez como respuesta al beso que ella le dio la noche anterior. El sol en complicidad con un par de cervezas hacen que nuestras mejillas luzcan del color carmín, uno juega con el perro, el otro se duerme después de haber fumado un poco de mois, la otra se mete al mar y yo pienso que es hora de ir a mear. Anochece y vamos en busca de un lugar donde beber, caminamos y llegamos a un lugarcito donde hay muchos argentinos, una chica al fondo con su guitarra y un acordeón canta tangos, para mi mala suerte no toca volver de Gardel, pero sí otros que son igual de buenos. Seguimos avanzando y nos topamos con otro tipo de música, salsa, bachata, ballenato, reggaetón. Peru se encuentra amigos de la ciudad y platican, se aleja, nosotros platicamos con Astrid, una francesa de unos veintiún años, me doy cuenta que mi francés no es tan malo como pensaba y me da la impresión que me filtrea, sugiere que nos veamos mañana pero no nos pasamos teléfonos, creo que yo no di el primer paso, estoy algo cansado de hacerlo. Una sensación de final va invadiendo mi sistema, una que le advierte a mi instinto que es tiempo de irse. Camino de regreso, el vasco nos cuenta la historia de cómo conoció a aquellas personas, me daba la impresión que no estaba cómodo platicando con ellos pero tampoco hizo nada por regresar con nosotros, me dice que, seguramente cuando estábamos platicando con la francesa sería muy sencillo para cualquiera incorporarse a la plática en esa lengua extranjera; tomo el comentario como una tipo de reclamo y no respondo, no supe como disculparme. Siento que despedirnos será extraño, en el fondo todos debemos seguir nuestro camino y probablemente no volvamos a coincidir ninguno de los cuatro, pero por esa noche es suficiente, es lo que es y lo que tiene que ser, es el destino, palabra de vasco. Hay un camino largo de regreso, más historias que construir, otras despedidas; es triste pero vale la pena vivirlas, aquel camino es tedioso y cansado pero con buena compañía se pasa mejor; avanzamos de regreso, el mar se siente y escucha tranquilo, bajamos un pequeño callejón que nos abre paso a la playa y se contempla toda la oscuridad reconfortante de la noche, el cielo abierto totalmente despejado con todas esas estrellas inconmensurables ante nuestros ojos del color de la plata, extendidas en el horizonte como sábanas que parecen cobijar todas nuestras dudas e incertidumbres.          

Abril 19, Oaxaca 2014.

Coldbudy.

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