XXII. La naturaleza de las cosas.

Existirá alguna vez una manera no tan dolorosa de madurar, la naturaleza es dura con todos, a los humanos nos toca aprender a lo salvaje, a lo natural; luego pienso en las futas, si las magullan le salen moretones y se van pudriendo; otras se caen de los árboles que les dieron vida y si no se recogen igualmente se pudren, por eso a veces me da miedo madurar, me recuerda la fragilidad de la vida y la cercanía de mi muerte, siempre pienso; creo que estoy magullado, cuando estoy siendo golpeado por la vida, cuando estoy siendo moldeado por el universo para aprender lecciones que no se enseñan en las escuelas, esas lecciones que te agarran mal parado y te tumban devastadoramente, me pregunto si tirado en el suelo, tal como las frutas, la tierra absorberá mi cuerpo, mi energía y me transformará en uno nuevo; me gusta pensar que sí. Hay ocasiones que las cosas son malas por su misma naturaleza, así son y se ponen peor; son como una estocada que va penetrando las entrañas donde te das cuenta del daño que ha causado casi hasta final, cuando quedan muy pocas posibilidades de curar la herida pero, afortunadamente nunca es tarde para comenzar a sanar. Toma tiempo hacer los cambios necesarios para lograrlo, hay ocasiones que aunque quise, quiero o querré hacerlos siempre hay circunstancias que no podré controlar, pero he ahí, en la oscuridad más profunda, donde la maldad humana se encuentra, en el túnel oscuro sin fin de las malas intenciones, porquería y miseria, envidia y más porquería indescriptible única de la raza humana; un destello del universo se enciende e ilumina toda la oscuridad; eso que tanto busco, inspiración.

Ahora, en esta tarde las cosas lucen amarillas y llenas de vida; nunca es suficiente, pienso y vuelvo a pensar, no importa cuántos ejercicios de yoga haga, cuántos libros de iluminación espiritual lea, siempre habrá ese algo con el cual no estoy de acuerdo pero debo aceptar; acercarme cada día a la felicidad, también es tolerar cosas intolerables, ya lo dicen los que han vivido más, resignarse es morir día con día y parece que eso en ocasiones me ha convertido en una especie de muerto viviente, un pequeño monstro capaz de convivir con una sociedad abrumante que se empeña en mandarme directamente a un hoyo muy profundo y oscuro del que muy pocos pueden lograr salir. Caminar y caminar por calles holgadas y a veces estrechas, dependiendo del ánimo, siempre será la medicina que pide un alma intranquila, o al menos la mía. Platicar con gente mayor es otra, escuchar la opinión que tienen de los problemas atados a una mala edad, a malas circunstancias, a esas decisiones de los otros que se empeñan en involucrar a terceros, a esas malas personas que están ahí dispuestos a darte la estocada final, si te dejas claro, gente mayor que ya vivió, que ya le pasó lo peor.

Estoy lleno de humo, desde siempre, trato de camuflarlo con el de estos cigarros efímeros, pero siempre está ahí, aunque el día este lleno de luz, o la noche tenga esa luna plateada, el humo nunca se va. Tengo alma de anciano, pero no de los sabios, sino de los que nunca maduraron completamente. Me he encontrado caminando por callejones lúgubres y llenos de melancolía, tratando de visualizar eso que me falta, esas respuestas que me sanarán pero hasta ahora no he tenido éxito; tal vez no haya respuestas a ciertas preguntas, simple como eso. La vida está llena de este tipo de ironías, mientras más envejezco, el pelo deja mi cabeza y crece en mi pecho, voy perdiendo la vista gradualmente y pierdo contacto con muchas personas. Somos el resultado, o soy el resultado de las circunstancias pero no estoy de acuerdo, quiero las mías; le platico al anciano que ya se ha convertido en mi amigo desde hace un par de meses, me esfuerzo por lograr cosas que a este punto considero inasequibles y  su misma naturaleza me han hecho saber que al menos, a corto plazo no sucederán; deja que la vida te sorprenda me dice el anciano, deja que te muestre esas cosas que quieres, pero déjalo pasar, no intervengas, sigue esforzándote, que el futuro viene lento, lento pero viene*, la cosas tienen cierta naturaleza, son ambiguas, positivas y negativas, se complementan unas a otras, ambas dentro de su misma naturaleza te hacen avanzar, es decisión personal quedarse en el agujero negro o disponerse a encontrar una manera de salir.

Sí, siempre existe el miedo de cambiar, pero si para que las cosas no cambien, hay que cambiar unas y otras, entonces sí, siempre se debe cambiar, cerrar ciclos. Hoy es tiempo de cerrar uno, sólo que no se cómo hacerlo. Deja que la misma naturaleza de las cosas te muestre cómo hacerlo, dice el anciano.

Un viaje introspectivo es lo que necesito, no lo lograré a través de la meditación porque aún no soy especialista en ello, más cuando hay relajantes naturales que permiten lograrlo. El día era soleado, de esos amaneceres reconfortantes que llenan el alma, tal vez porque estaba en la ciudad que siempre he querido estar y que nunca he luchado lo suficiente, o tal vez ya lo hice demasiado y me he cansado. Un buen play list y unos patines serán suficientes para recorrer algunas calles de la ciudad y tratar de absorberle un poco de inspiración. Heme ahí, patinando sin rumbo de norte a sur, un par de kilómetros y empapado de sudor veo una pareja de jóvenes americanos observándome despreocupados, unos niños riéndose y un ejecutivo en su hora de comida, sigo avanzando; me encuentro con esa mujer que pudo haber sido importante en mis archivos idílicos, pero en la inmadurez de las circunstancias, va de la mano con otro, viviendo lo que yo quería vivir con ella. En fin, sigo avanzando hasta perderme en la tarde ruidosa, entre gente desconocida.

Las caídas devastadoras de la vida indudablemente son necesarias, de otra manera no existirían, y en teoría, en este universo, todo sucede por alguna razón que más tarde que temprano terminamos descubriendo o al menos interpretando. Cosas así pienso mientras la música del lugar se va haciendo uno con el pulso cardiaco, tenía algo ya de tiempo que no pasaba eso, un par de meses tal vez; también puede ser gracias a la ayuda de esos cinco whiskies en las rocas que mi sistema está procesando. A lo lejos, los americanos que estaban caminando mientras patinaba en la mañana, en algún momento comenzamos a platicar, soul mates pareciéramos, me hacen recordar la manera en que todos estamos conectados, algo desde dentro de la tierra o desde fuera allá en el universo, nos tiene comunicados entre sí, porque de no ser así jamás me explicaría la razón por la cual estoy platicando como si los conociera desde siempre. Algunos besos se cruzan en el camino, ella, él, posiblemente fuckfriends; yo, el extranjero dentro de su habitación, conectado a ellos por algo que no pretendo comprender. Había paisajes verdes, ningún pensamiento era plano, siempre había uno profundo dentro de otro y así sucesivamente; nada tenía sentido pero en su contraparte, había uno figurado del universo, parecía que todas las respuestas a mis preguntas existenciales estaban siendo contestadas, fluían y me rodeaban una a una, era voz femenina y a veces masculina; el viento decía que aquel cambio venía pronto y habría que tomarlo. No quedó duda que aquel amanecer fue el más claro de todos aquellos otros llenos de humo.

Mientras caminaba a casa, acompañado del ruido de los carros y camiones en plena rutina, del canto agudo de algunos pajarillos cuando atravesaba los parques de la ciudad; sin pensar, no hay pensamientos negativos ni positivos, todo neutral y fluyendo. La decisión que no podía tomar fue tomada ahí, tan sencillo pero a su vez tan complicado como respirar.  Sólo que ahora no se cómo ni cuándo, le termino de contar al anciano, paciencia me contesta y termina preguntando si estoy feliz con la decisión… Sí, mucho, le digo. Entonces si estás feliz, yo estoy feliz.

*Mario Benedetti

Colbudy 

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