XXI. Nostalgia Otoñal.

¿Y qué haces para automotivarte; vas al cine, al teatro quizá, sales solitario a tomar una cerveza, a un bar dónde todos están acompañados menos tu, tomas fotos, tienes sexo con personas desconocidas, haces nuevos amigos, escuchas música, recorres la ciudad sin rumbo fijo, esperas en casa la llamada de algún amigo que te invite para hacer algo, aprendes alguna lengua, duermes en tus días libres, lees libros, gritas hasta quedar ronco; haces algo?, no me respondas, quiero hablar y hablar hasta que mis palabras pierdan sentido porque últimamente nada lo tiene, repaso cada instante vivido y es como si no hubiese aprendido nada, como estar en cero comenzando de nuevo, cuántas veces en la vida pasa esto, dime, tú que has vivido más que yo, ¿seré todo eso que dicen?, sabes, siento que mi vida es un diálogo de esas películas francesas raras que me gustan, se supone que es entretenimiento pero siento que cada línea habla de mi, de mi vida, suena altamente neurótico, egocéntrico y más que todo, paranoico, lo sé. Pasa que cuando conozco a una persona nueva la clasifico en corto plazo, mediano plazo y largo plazo; es decir, me atrevo a determinar su fecha de caducidad en mi vida, sabes que es lo más irónico, que siempre atino, será ese poder que los católicos incoherentemente creyentes de otras filosofías orientales e indúes creen, que las energías se pueden atraer o repeler. Yo solía creer, tenía convicción y certeza ahora, sólo tengo tranquilidad y dudas, muchas. Sabes, he visto tantas macetas querer pasar del pasillo donde fueron colocadas por alguien superior o con la capacidad de hacerlo, he visto como se han esforzado por moverse de ese pasillo hacía otro donde el sol no les queme pero tampoco se queden sin luz, las he visto tratar de moverse a ese lugar lleno de tranquilidad y me atrevo a decir, de confort perpetuo para echar raíz, las he visto esforzarse, frustrarse por no saberse fijadas con el hierro más firme al suelo, siempre hablándole a la nada para que les dé esa luz que necesitan para no secarse, para que por las noches sedientas les acaricie un rocío humectante para no morir. He visto como ese ser con el poder para moverlas se tropieza con ellas, las tira, se rompen y evidentemente no se pueden restituir por sí mismas. He visto gente como el cuento del elefante cautivo, que aún al haberlo liberado sigue creyendo estar atado de su pata y no camina más allá de lo que algún día le fue permitido. Muchos días se sienten así, a veces maceta y otros como elefante, casi puedo decirte que hoy es uno de esos en los que soy maceta elefante. Y no, no me juzgues que no eres mejor que yo, tampoco frunzas en seño que te vas a arrugar más de lo que los años ya han hecho. Recuerdo que cuando nos conocimos me ayudarías a practicar esa lengua que es obligatoria estudiar en las escuelas, se suponía me escucharías y en vez de eso hablaste, tanto como yo ahora, me contaste tu vida a grandes rasgos en treinta minutos, yo la imaginé como un corto, en algún momento me pregunté por qué la vida no me pondría como tu hijo, alguna vez estuviste consciente de haber herido a alguno de ellos, a alguna de tus dos ex esposas ¿alguna vez?

Me gusta cómo has decido terminar tus días en este país, me identifico contigo, imagina qué edad tiene mi alma para sincronizarse con la tuya, muchos, sesenta tal vez; a veces siento los siglos en mi mirada cansada. Te dije que no me vieras así, una maceta elefante es todo menos autocompasiva, así que deja mirarme así, como si en cualquier momento esa agua que se está acumulando en tus ojos fuese a desbordarse; soy un fantasma y cómo bien dijo Almodovar, los fantasmas no lloran.

He escuchado tantos consejos, tantas palabras, tantas maneras de ver la vida y la mía pareciera ser las más imbécil de todas, la más incorrecta. Qué no se supone uno debe tener sueños, incluso una maceta elefante puede aspirar a cambiar de pasillo, quién chingadas madres es quién para limitar a uno en su propio universo dime, el pendejo soy yo ó somos todos, es pregunta. Luego, mi alma vieja se entristece al saber que cada adiós puede ser el último, a veces pienso que un día al venir a visitarte la puerta dirá se vende o se renta, luego pienso en no venir pero mi alma vieja necesita compañía. Puedo, no sé, hace años experimente una sensación nueva, estaba rodeado de muchas personas, mis amigos en turno y sabes, me sentí solo, es como si mi mente se hubiese desconectado y mi cuerpo permanecido en su lugar, qué hago aquí me pregunté e inmediatamente fui al baño a mojarme el rostro, mi presión bajó o subió, no soy médico para determinar eso, me encerré en casa los siguientes fines de semana esperando que la sensación despareciera pero sabes una cosa, nunca se fue, aquí está más anclada que nunca, se activa con circunstancias especificas, con palabras y caricias exactas que llenan esta alma vieja de nostalgia por sucesos que nunca acontecerán; aquí es donde trato de automotivarme y me doy cuenta que ya agoté el arsenal, ahora simplemente espero, dejo fluir el momento, circunstancias y palabras que gangrenan el interior, me conformo con respirar, con caminar por esa calle llena de hojas secas a las siete treinta de la tarde. Mis sueños son totalmente humanos y pasan lentos como esta noche; dicen que cuando uno nace ya todo está escrito y que junto a uno nace su complemento en alguna parte del mundo, tú me has derrumbado la creencia, bueno, tu y muchos más. No es que crea que morirás sólo y que no conocerás a una mujer con la cual pasar tus últimos años, pero después de dos por llamarlos fracasos ¿el problema, el pendejo fuiste tú?, yo he de estar peor porque ni siquiera sé qué es eso y pareciera que domino el tema. No pretendo muchas cosas en este mundo y sé que puedo morir sin conocer Ibiza, pero me gusta la idea de saber que un podría ir algún día, tu llegaste muy lejos, la aeronáutica te lo permitió pero yo, una simple maceta elefante, cómo hacer para emprender ese vuelo, estás por decirlo de alguna manera solo, tienes hijos y dos ex esposas en otro país sin embargo estás aquí, feliz, alejado de aquel ruido. Creo que es la manera en que nos educan por estos rumbos, rezar a estatuas hechas de madera o a cualquier cosa, a pedir y no a hacer, a esperar, esperar a que las cosas mejoren, tu no esperaste y aquí estás, creo que viniste a decirle a mi alma vieja que no lo está, que me faltan más fracasos por convertir en oportunidades y superar pero tú ¿me enseñarás la manera en qué los has superado, tienes ánimo de ser mi amigo, de dejar que venga a este lugar y lo embarre de mierda, prometo limpiarla cuando me vaya, serías ese hermano, padre y madre que no tengo, tienes ánimo aún?

Me haces pensar y no sentir, ya no quiero sentir, me haces pensar si al final del camino es mejor estar solo o vale la pena caminarlo acompañado, si ya todo está escrito, si el guion de nuestras vidas ya está escrito entonces por qué dicen que uno es su arquitecto y, si ya todo está escrito por qué dicen que un Dios escribe el guion de nuestras vidas y si ya todo está construido, por qué dicen que uno edifica su futuro; si ya sabemos que el final de todo es la muerte, por qué hacemos lo imposible para no morir, si ya sabemos que el fin puede ser hoy mismo, para qué estar tristes, para qué destruirnos unos a otros, dicen que me quieren y me aman pero yo no sé qué es eso. Estas cosas no se piden, no se dicen; se hacen. Estás tranquilo porque has hecho lo correcto, me has dicho que incluso las malas decisiones son correctas, todo es correcto; una cosa activa otra y así sucesivamente acontece la vida, somos el resultado de todas esas experiencias. Eres un espejo, puedo verme cuando te miro, eres un océano, me pierdo y naufragio en la inmensidad de tu experiencia, me hundo en la oscuridad para entender todo desde el interior y luego emerjo a la superficie para sentir la luz y comprenderlo todo desde arriba, si eso hace un pendejo entonces sí, tienen razón, soy uno de ellos, del montón, una oveja, un punto más en el universo, una maceta, un elefante, yo.

Me gusta el olor aquí, a ocote, nostalgia otoñal todo el tiempo, el ruido de los pasos sobre las calles empedradas aledañas, el rechinido de la duela cuando camino a tu cocina para ir por un vaso de vino rojo y otro de agua, como te aprendí a tomarlo, cuando me acerco a la venta para abrirla, para dejar entrar ese olor lleno de felicidad que rejuvenece el alma.

 

Colbudy 

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