IV. Abrázame

Para  A.G.

 

Te llevaré, abrázame.

Juegos de Seducción, Cerati.

 

Supuestamente estaban tristes y no querían salir, seguramente sus demonios les estaban carcomiendo el cerebro, alimentándose de sus miedos, riéndose de sus fracasos, haciéndolos unos más del montón; ella peina sus rizos del color del trigo, pasa un color rojo por sus labios, delinea su mirada y se pone el abrigo mientras tú, con tu pelo un poco largo, medio chino y algo desalineado más una buena cantidad de camels, salen sin dinero a tratar de olvidar su pésima rutina.     

Recorren las calles llenas de luz, cuando estás con ella pareciera que ya no hay nada que decir, se conocen demasiado pero aún así, siempre hay algo nuevo que vivir; pasan a tu departamento y solos se beben una botella de tequila, sin más compañía que el Ipod, unos cuantos limones, un cuchillo, sal y dos vasos. Incapaces de manejar, toman un taxi y se dirigen rumbo al este de la ciudad, lejos muy lejos de la civilización, justo al sector industrial, al underground según. Es amplio, lleno de pasto y con palmeras  iluminadas desde el inicio del tronco hasta el final con unos tubos luminosos que te bilocan a la playa; te recuerdan tardes despreocupadamente luminosas, calurosas y llenas de buenas noticias. A lo lejos ella divisa una silueta estética, desearía poder ver mejor pero la escaza luz sólo permite ver sombras en vez de rostros, y le hace pensar que  tal vez en el fondo esa ausencia de luz no sólo sea física. Un poco mareada entra al baño para retocar su maquillaje y ordenar un poco los cabellos que el viento se encargó de mover. Tú mientras tanto, platicas con unas sombras que se acercan para preguntar cómo estás, qué hay de nuevo y si se puede, enviar mensajes subconscientes llenos de insultos, envidias e irrelevancias existenciales.

Sale del baño e inmediatamente es abordada por aquella sombra que desde hacía tiempo la estaba acechando con la mirada, le dice que si pueden platicar un instante y se pierden en la luminosidad de las palmeras; tú eres arrastrado por otra sombra hacia la salida, miras a Minerva desde cierta distancia y observas como platica con una sombra a lo lejos, como se ríe con ella y juntan sus bocas un par de veces, como la toma de la cintura y van a la barra por unos tragos, como le susurra al oído y hace que ella haga esa mueca torcida que indica complicidad y aceptación. Una vez asegurado que ella estará bien, sales con tu sombra hacia tu piso; minutos después Minerva sale con la suya rumbo al suyo. Ambos están sincronizados y a esa altura de la noche ya saben que no podrán articular ni coordinar sus movimientos hasta el amanecer. Abren la puerta y pareciera que una brisa refrescante entrase junto a ustedes para llenar cada rincón de la casa con una sensación nueva e iluminara de colores diferentes cada muro del cuarto. Minerva siente su carne trémula, su sombra le dice que está demasiado bonita, que podría pasar todo un día abrazado de ella; tú sientes un palpitar inusual, ese que sientes cuando sabes que se avecina una excelente sensación, te dice que eres muy bonito y que podría estar contigo todo un día abrazada; desnuda a Minerva tan rápido que apenas y se percata que está desataviada entre sus sábanas; tu delicada sombra te pasa sus brazos por la cintura y te aprieta los muslos; minerva abre sus piernas rodeándolo delicadamente, se cerciora que su amante haya colocado correctamente el preservativo, enciende una luz que da al cuarto un toque sepia y queda perdida en la mirada de su amante que ya no es una sombra más; tú, cierras los ojos mientras aquella toma tu masculinidad, juega con ella, la aprieta y jala de un lado a otro, te levantas precipitadamente y corres al baño a orinar. Aquel le dice a Minerva que quiere conocerla, le pregunta dónde había estado todo este tiempo, desde cuándo viviendo en la ciudad y si aceptaría pasar toda un día con él haciendo absolutamente nada, echados en una cama abrazados contemplando como amanece y anochece; ella le responde un poco torpe “quiero pasar toda una vida contigo” y él rápidamente se incorpora diciendo “no es para tanto” dándole así a ella la respuesta que buscaba a la pregunta que se hacía desde que lo escuchó decir tanta poesía idílica, ¿es sólo sexo lo que tendré con él?…

Aquella mujer te recuesta sobre la cama y abre tus piernas, se te encima para comenzar a besarte, le provoca curiosidad saber por qué te darían ganas de mear mientras ella  creía tener el control, rápidamente te quita la playera, levanta tus piernas y saca el pantalón suavemente; coloca tus piernas alrededor de su cintura mientras pone el preservativo e inesperadamente te introduce un dedo, la miras desconcertado…

…La vida es de instantes efímeros, le dice Minerva a su huésped, es por eso que este momento representa toda una vida contigo, tal vez mañana ya no sabré de ti, continúa diciendo, y dices que me quieres abrazar, pues abrázame ahora que estamos uno encima del otro y no podemos decir que no. Pareciera que la pequeña luz iluminó más allá de los muros en la habitación, la sombra ahora se convertía en el amante perfecto, en las caricias perfectas, en los besos correctos y el sudor que desprende de sus cuerpos ahora actúa como pegamento invisible que no les permite separarse aun cuando él haya magullado fuerte y delicadamente su piel, dejándose ambos marcas en sus cuerpos imposibles de borrar, penetrando cada poro con sus olores, como perros que marcan territorio al orinar.

Deben ser las cinco de la tarde en el horario de verano y el sol baña la ciudad de ese amarillo sepia que tanto disfrutan, caminan por la que según su opinión es la avenida más bella en la ciudad, deben ser las palmeras en el camellón la razón por la que esa avenida en particular les resulta divertida e inusual. Sacas la caja de camels y le dices señalando el empaque que siempre has pensado que ese camello eres tú, solo y tranquilo en espera de un mejor momento, y que esa pirámide se convierte en el monumento de la ciudad en la que te encuentres, a veces es el caballito de reforma o el ángel de la independencia, el pípila y hoy, esa maldita bola plateada que a lo lejos se ve recordándote que aun sigues aquí esperando como ese camello un mejor momento. Minerva ríe mientras te escucha, al tiempo que ambos encienden un cigarro y se miran preguntando qué si algún día volverán a ver aquellas sombras que se convirtieron en sus perfectos amantes y respondiéndose que eso es tan probable como que Dios les dé personalmente aquel abrazo que siempre han querido pero piensan que es un día especial así que caminan y caminan pensando en nada pero tratando de comprender por qué aquella mujer dejó en tu cama su palestina negra cítricamente perfumada y por qué aquel hombre se llevó el calzoncillo de minerva en el bolsillo de su saco.     

 

CoLDbuDY  

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