III. Esa sonrisa.

 

A veces piensas que debe tener un radar integrado que le avisa cada vez que estás hecho mierda y necesitas ser rescatado de la miseria cotidiana. Alguna vez te dijo que ambos terminarían juntos, que estaban destinados a estar unidos hasta el final de sus días, que esa tensión sexual que ambos sienten no es más que ese toque que hace que regresen una y otra vez, que se olisquen como perros, que se escupan como escoria, que se vean con amor. También te susurró muy beoda que eras muy extraño, no actuabas como todos los hombres con los que ella ha estado, que tu piel es muy blanca y recuerda a detalle la ropa que usabas el día que te conoció, te preguntó el paradero de aquellos calzones blancos con gris que usabas aquella noche, piensas un momento y das con ellos, ya están en la basura.

La noche es clara, la luna muy irónica iluminándolos de plata y aclarando aun más el tono blanco en tu piel, penetrando con su estela tus pupilas permitiendo que María vea tu alma e irremediablemente tú la suya. Hablan de libros y colores, de lugares favoritos, del momento ideal y aunque no lo dicen, sus cuerpos se atraen como la tierra y la luna, esa noche se complementan dejándose llevar por la gravedad, el aire roza sus caras y pareciera que es la música perfecta para la ocasión, el sonido de las hojas del árbol de limón se sincronizan con el carraspeo de los grillos, saben que ese es “el momento” , que aunque ella está comprometida con un joven al que ama y tú estás con alguien al que no, saben que es irremediable juntar sus labios. Deben ser precavidos y no hacer ruido, ya que en cualquier momento puede salir alguien y ser testigo inquisidor “del momento” en el que se están diciendo lo mucho que se aman, con una sola estúpida mirada. De pronto un silencio abrumador arriba, inhalas los últimos miligramos del cigarro y soslayas la cabeza hacia ella, sólo para darte cuenta de esa sonrisa acompañada de una mueca tierna, de esos ojos dilatados que te ven atento; ingresan a la casa y ponen seguro al cuarto que están compartiendo, ella se recuesta en la cama y tu enciendes un cigarrillo mientras contemplas la bahía y la luna reflejada en el mar, no piensas en nada, solo en el reconfortante sabor de ese camel. María roza tu pierna y saltas sobre ella inmediatamente, comienzas a besar su cuello, tocar sus piernas y entre sollozos te dice que no quiere hacer nada ya contigo, tratas de no mirar sus ojos y te alejas de ella lentamente, bajas de la cama y te recuestas en el catre adyacente, ha hecho lo que mejor sabe hacer, matarte. Minutos después comienza a golpearte con la almohada tratando de que vuelvas a su lado pero, ya estás dormido.

La brisa refresca el poco sudor que el clima nublado ha provocado en sus frentes, te dice que quiere ir a fumar al baño y tú le dices que para hacer eso no es necesario pagar cinco pesos ni esconderse de los demás. Pasa el anciano que desde hace un par de horas que llegaron insiste en venderles cristal y lo evaden con la mirada nuevamente, a ambos les provoca miedo mezclado con ternura; María saca su hitter e inmediatamente piensas en su mínima practicidad, es de la textura de un mosaico verde mezclado con blanco, como esos de las casas antiguas del centro de tu ciudad e inmediatamente te provoca un rechazo natural. Finalmente coges el hitter y con ayuda de un encendedor le das el primer golpe y notas como ella observa tu boca , la forma especial con la que detienes el pibillo entre tus dientes y como apenas se te escapa el humo del foso. Es su turno y aunque sabes que ella ha hecho eso más veces que tu, reconoces cierta timidez y preocupación por lo que pudieras pensar al verla fumar mois en plena tarde nublada decembrina y lo compensa diciendo “yo quiero fumar como tú”, le sonríes cariñosamente y sientes un impulso empírico por besar sus labios pero al oír el fuerte estruendo de las olas golpeando la costa, sabes que el efecto ha empezado.

Ambos sacuden sus ropas tratando de tirar la arena que se ha colado en los más recónditos recovecos de sus atavíos a la vez que discretamente le observas sus piernas, las mismas que has tocado más de una vez y que tanto te atraen. Salen de la playa, caminan por la avenida principal y te dan unas ganas indescriptibles por beber una caipirinha, tal vez la odiosa “seca” se ha hecho presente y el haber visto el restaurante llamado Porto Alegre te haya hecho pensar que estabas en Rio de Janeiro bebiéndote la famosa caipirinha. Caminan y caminan al parecer sin rumbo fijo, van siguiendo la senda que en cierto momento los topará con la casa donde se están hospedando cuando sin decir nada, se miran y se hacen saber que están pasando un feliz momento, un momento efímero que ni en todos los meses que llevan con sus respectivas parejas habían sentido o vivido y que ambos en el fondo saben que jamás vivirán con ellos. Escuchan gente gritando, muchas luces que los invaden de pies a cabeza, es la feria local y ambos recuerdan un juego llamado “el ratón loco” el cual ambos disfrutaban de niños y que hasta ese momento no tenían idea de ese dato tan personal el uno del otro. Ella te pregunta si te apetece subir, en otro momento te hubieses negado pero esta vez, piensas que esa tristeza que sientes debe ser aventada en algún lugar y sin más se trepan al carrito amarillo dejándose llevar por la emoción que les provocó fumar yerba. Ella grita y cierra los ojos, viene a tu mente el video the curse of being a girl de Kashmir y ríes, ríes mucho, unas ganas innatas de llorar vienen a tu mente pero sabes que ya lo has hecho bastante, sientes como el movimiento brusco del juego dobla tu cuerpo, como retuerce y quiebra tu cuello, como te azota contra el respaldo, te fuerza a tocarla, a tocar a María; ella pareciera quererte abrazar y termina el juego, aun sigues pensativo; ella dice que fue un error haberse subido, tú sigues pensando…    

Llegan al hostal dispuestos a tomar una ducha, ella abre la puerta, se sienta en la taza y mea, sólo puedes ver su sombra pues la puerta es de un tipo de acrílico blancuzco… Tomas tu celular para llamarle y decirle cuanto la extrañas, pero en vez de eso, tu novia comienza a pelear brevemente por teléfono contigo, observas como la sombra de María se acerca a la puerta para oír tu conversación y sabes que a partir de ese momento quieres ser soltero nuevamente, no se lo dices por teléfono, piensas que es de mal gusto, esperarás a verla en tres días o tal vez nunca, ya estas aburrido de ella.

Salen dispuestos a pasar un buen rato, la pequeña pelea te ha dejado un sabor a frustración que piensas olvidar con un par de tragos, María comienza a platicar con su novio y notas que no le avisó que venía contigo a este lugar tan lejano de su ciudad, sientes pena por él pero no es tu culpa que ella tenga una fijación perpetua por ti. El dinero que piensan gastar es restringido y conociendo sus malos gustos por los clubs, tomas la rienda y se meten a uno con acceso a la playa y música electro pop. Al parecer a ella le ha agradado el lugar pero es lo suficientemente sutil para  apenas hacerlo notar; te comenta que quiere tirarse a un nativo y tu le dices “adelante, hay miles de nativos, nomás si te vas me das las llaves del cuarto”, te dice que trae una tacha casi disuelta, que el calor la ha puesto bofa y que irá al baño a tragársela con un toque de cois. Regresa y su aspecto sigue normal, comienzas a impacientarte y brincas al ritmo de la música; la gente extranjera siempre te ha causado sensaciones positivas, por lo cual no dudas ni un instante el devolver cual mirada se cruza en tu camino. Tiësto y sus canciones livianas hacen el soundtrack de su noche, momentos después María platica con un nativo y se acercan a ti, piensas que no le vas a cuidar la peda y vas al baño. Bebes, pides una ronda que tomas al hilo y otra que te llevas a la mesa, vuelves a ir al baño y María no deja de ver su reloj, abraza al nativo al momento que te mira a los ojos y hace esa puta sonrisa perversa que tanto te intriga y excita.

El beat de la música se sincroniza con tu pulso y comienzas a dejarte llevar por la masa de gente que te jala hacia ellos, bailas con desconocidos y platicas con ellos, brincas y te vuelven a jalar, te dicen que no te vayas, que bailes con ella, con él, que la fiesta está muy bien, una tipa se sube a la mesa y enseña sus pechos, sus pezones son negros y comienzas a reírte. Te jalan y preguntan tu nombre, la misma tipa sube a un hombre con ella y comienza a desnudarlo, le baja los pantalones y descubre su miembro, te sientes mareado y no puedes dejar de charrasquear los dientes, de contraer la mandíbula. Has oído de esa sensación, sabes que no es provocada por alcohol ni por muy adulterado que esté, es una sensación libre; si estuvieras triste sabes que aumentaría ese sentimiento, pero ahora estás más que feliz y sabes que María te ha puesto en ese estado y que ni cuenta te diste del momento en que la perra puso droga en tu bebida. La busacas entre la multitud y sólo atisbas al nativo con el que estaba, le gritas “dónde chingados tienes a María” y él te responde encogiendo los hombros, la puta está drogadisima sentada junto a él. La gente te jala hacia la pista y no piensas más en ella, ya te ha fastidiado. No sabes exactamente cuánto tiempo ha pasado pero ya no estás dónde estabas, te encuentras con un par de desconocidos y no sabes cómo has llegado ahí, presientes que María debe estar muerta en manos de aquel nativo y que tú lo estarás en unos minutos sino sales de ese lugar lo más rápido posible. Después de todo, ese par no eran tan malos, se salieron contigo y se ofrecieron para llevarte, sólo que primero debías buscar a María y notas que tu celular lo dejaste en el hostal y que tampoco traes llaves; te subes al primer taxi que pasa y aunque vas muy beodo eres lo suficientemente capaza de regatear el precio. El pánico que sentiste hacía apenas unos minutos, se estaba desvaneciendo al pensar que María debía estar cogiendo con aquel nativo, pero no pudiste evitar preocuparte por su paradero. Se acerca un taxi y María sale corriendo del coche con lágrimas en sus ojos, eso provoca tu euforia y le gritas “con quién vienes, qué te pasó”; se acerca a ti y golpea tu pecho, el taxi se aleja y ambos suben gritándose: “debiste esperarme pendejo, estaba ahí como pendeja esperando a que salieras, si te dije que no me dejaras con ese pendejo ahí” “yo no te iba a cuidar la peda María, además yo te hacía coge y coge con ese pinche prieto culero, no mames, te pasas de pendeja, como crees que yo iba a estar toda la noche contigo, pues si yo también quiero coger” “ no seas cabrón, soy pinche vieja, el pendejo ese sólo quería bailar, no coger” “ah puta madre y yo que tengo la culpa, y aun no te miento tu putísima madre por haberme puesto no se que chingaderas en mi trago” “vete a la verga Rodrigo, yo no te puse nada” “pinche perra, seguramente me puse así por ese pisto barato y el pinche cigarrito pendejo que me fumé contigo, no digas mamadas” “el pendejo del taxi ya me llevaba a otro lado y le grité llorando que me trajera por favor al hostal” “hahahaha eres una puta bien pendeja, pues también le venías agarrando la entrepierna” “tú que sabes pinche putito, te largaste con no sé quien, la pinche puta pendeja eres tú”  “pues al menos no me drogaron para llevarme” “¿ah sí, y se las mamaste?” “¿ah sí, y tu se la mamaste?, digo, sólo drogas a la gente gratis si te las vas a tirar ¿no?” “yo no te drogué Rodrigo, y tampoco se la mamé”. Te vuelve a pegar en el pecho y tú la avientas a la cama, se levanta y te jala hacia ella,  le pegas en la cara y ella hace lo mismo, acerca sus labios hacia los tuyos y comienzan a desnudarse. Te muerde el cuello y la golpeas en la cara, responde de la misma manera y arrancas su ropa interior para penetrarla sin más preámbulo. Rasguña tu cuerpo al tiempo que ambos disminuyen el ritmo en sus movimientos, eso que hacen es un acto desesperado por sentir o castigarse, terminan y se quedan dormidos. Horas después, el calor hace que entreabras los ojos y ella está observándote fijamente, sus ojos son claros como los tuyos, su piel es más oscura que la tuya. Le das la espalda y sigues durmiendo.

Hace un par de meses entraste a la casa de la que era tu novia, leyeron, platicaron, discutieron, vieron películas, fumaron, comieron, bebieron cerveza y fornicaron en su cuarto, tuviste esa sensación de estar en casa; después dudaste de ese sentimiento que los unía, particularmente aquel día en que le diste ese beso torpe en la entrada de la estación del metro de la ciudad, supiste que no podías decirle “gracias”, simplemente le diste esa mueca, esa sonrisa que uno hace cuando las cosas no salieron como se esperaban. Sabes que es la última vez que la verás y, tal vez por eso te resulta más nostálgico ese momento pero, nada comparado con el sentimiento que te provoca el cielo nocturno infinito iluminado por las estrellas plateadas reflejándose en tu rostro y en el de María al regresar a la ciudad. Sabes que ahora si estás en casa y que María, siempre será, positivamente tuya.

 

CoLDbuDY  

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