II. En la línea de espera.

Do you believe in what you see? ; Motionless wheel, nothing is real, wasting my time in the waiting line…

In the waiting line, Zero 7

 

Su cuerpo está tirado y la gente lo mira sin pudor, unos con cara de asombro y otros más de asco, ella jamás se imaginó terminar de ese modo, pero siempre supo que podía ser una alternativa a la cual no le daba mucha importancia; se sentía especial y protegida ante los ojos de su creador, soñaba con lugares y situaciones asequibles pero de avenidas sinuosas. Por la expresión en su rostro, pareciera que ella jamás advirtió aquel final, con su pecho abierto mostrando sus entrañas, asomando ese corazón que ella siempre quiso ocultar para que no vieran su vulnerabilidad; su cuerpo yacía seco, como si  ya no hubiese más sangre que derramar. Sus ojos y boca estaban abiertos, incrédulos ante lo que acontecía; un indigente se acerca y grita “no somos nada”, la gente lo mira displicente y lo grita tres veces más. Está postrada ante el tiempo, ya todo es irrelevante, el olor a descomposición ahuyentó desde hace años sus ganas de amar, sólo que esta vez el olor no es imaginario, es real. Siempre le dijeron que debía ser paciente, que tarde o temprano su malestar se iría e incluso el arrepentimiento llegó a ella por muchas noches mientras tuvo vida. Lloraba y sollozaba que si haber hecho lo que hizo hubiese significado lo que significa ahora, preferiría no haberlo hecho; sólo que para esto, ya no hay vuelta atrás.

Regresó a la ciudad después de muchos años, no estaba segura de cómo lucirían las cosas; ¿mi cuarto seguirá igual, mis amigos estarán donde los dejé, aquellas calles aun lucirán lúgubres, mis pensamientos habrán cambiado, reconocerán mi cuerpo?, se preguntaba mientas manejaba su automóvil. Se reencontró con sus amigos y el cambio era evidente, se preguntaba dónde había quedado aquel joven alegre que supuestamente era feliz, aquel que no necesitaba de cambios físicos, dinero y demás mañas que ella fue adquiriendo. Platicaron de ella, de cuando era él y de las razones de su cambio, la veían a los ojos y por ningún lado podían encontrar rasgos de aquel con el cual pasaban tantos fines de semana indescriptibles, ya nada de eso había en su mirada y al menos era lo suficientemente honesta para aceptar que todo eso ya había muerto, pero sólo de forma poética.

Caminó por las calles como si ellas le hablasen y la invitaran a tocar sus paredes, a olisquear sus tardes, a cerrar los ojos cada que sintiese una brisa, era esa sensación indescriptible la de sentirse uno con su entorno, como si fuese parte de todo y a la vez de nada, como si entendiese el motivo de su existencia y de su ausencia, esa nostalgia que provoca recordar lugares donde uno la pasa bonito en cualquiera de sus modalidades: solo o acompañado, de sentir esa sensación de soledad, de no necesitar a nadie más que los rayos diáfanos del sol acompañados de caricias airosas que contienen olores y noticias de otras latitudes, como ese saber de que al pronunciar palabras al viento dirigidas a la nada llegasen a ese alguien que uno en el fondo quiere que lleguen y sean escuchadas, como dar esas gracias por existir y por el placer de haberse conocido aunque sea por un momento efímero, el de saber que jamás será suficiente y que la muerte después de todo, no es su mayor miedo en la vida, sino la razón que le da sentido a la misma. Piensa que son demasiadas emociones contenidas y lágrimas caen por sus mejillas, las limpia delicadamente y hubiese deseado jamás haber sido tan impulsiva, de no haberse permitido amar y dejar que una sola caricia fuese suficiente para calmar sus ansias, pero entonces no sería lo que fue, libre.

Le dijeron que la vida lo lleva a uno a lugares que ni se imaginaba, que era cuestión de tiempo y más mierda de esa, se enojaba cada vez que recordaba algo que quería hacer y tenía que hacer, la vida no fue su mejor amiga pero tampoco su enemiga; más bien siempre se le presentó como un ente inocuo e indiferente al cual jamás le interesaría mirar a los ojos. La indiferencia y negación eran dos compañías cotidianas, que disimulaba bien cuando le preguntaban tres de sus cualidades. Tenía grandes planes para su vida y se rió por horas a solas en su casa cuando se fue de aquella reunión con sus amigos; todas estaban donde no querían estar pero tenían que, y ella tampoco lo estaba, sólo que le resultaba reconfortante saber que no era la única pendeja en este mundo.

Siempre supo que eso jamás la llevaría a ningún lado, cada que ingería mois y cois se cuestionaba que pasaría después, hasta que perdía el conocimiento y ya nada importaba, le resultaba gracioso contar sus aventuras de puta a sus conocidos y estos le hacían lisonjas al respecto mientras en grupo ingerían más dosis una y otra vez hasta crear otra historia digna de ser contada.

Una noche, particularmente aquella llegó a ella una brisa con albricias; sintió esa sensación de final, sintió que aquel ente indiferente le decía “gracias”, como si después de todo, la vida si supiese de su existencia y fuese momento de terminarla. Como usualmente hacia los fines de semana, atravesó el jardín de su casa, verde hasta en épocas de invierno, con una pequeña senda empedrada iluminada con pequeñas lámparas a los lados simulando curvas, caminaba cigarrillo en mano para acompañar su fijación por las luces a media noche mientras cada golpe difuminaba su inútil existencia, pensaba que a veces era necesaria la muerte para hacer entender a los demás el sentido de estar vivos.

Esa noche, supo que estaba estancada en la línea de espera donde uno se para porque no sabe qué camino tomar al cruzar una calle y supo que no fue coincidencia su regreso al lugar donde algún día salió, que sus sueños no eran sino una advertencia a algo venidero; que aquella sonrisa de la cual desconfió y aun así correspondió sería su final, él la tomó del brazo y salieron sin rumbo fijo, se drogaron hasta que no quedó rastro y ella paso de ser acompañante a ser un corderito sacrificado. Él la penetró hasta sus más escondidos recovecos, la cortó hasta hacerla sentir su humanidad extrema y así mostrarle lo frágil que es, abrió su pecho hasta poder ver el corazón que tanto se empeñaba en ocultar e hizo de ella la muerte en cuerpo y alma, la hizo descansar. Ella jamás cerró sus ojos y él no pudo mirar la obra que creó, había dado muerte a algo viviente. Su exposición duró un par de días en su galería privada y decidió que era hora de que el mundo la observara. Lavó su cuerpo y el de ella, cambió sus atavíos y decidió el lugar donde yacería su obra, sería en la avenida central, la subió a su coche y después de una hora de camino, aventó el cuerpo semidesnudo a la calle, cayendo éste en la línea continua de la avenida; su cuerpo está tirado y la gente lo mira sin pudor, unos con cara de asombro y otros más de asco, ella jamás se imaginó terminar de ese modo, pero siempre supo que podía ser una alternativa a la cual no le daba mucha importancia; se sentía especial y protegida ante los ojos de su creador, soñaba con lugares y situaciones asequibles pero de avenidas sinuosas. Por la expresión en su rostro, pareciera que ella jamás advirtió aquel final, con su pecho abierto mostrando sus entrañas, asomando ese corazón que ella siempre quiso ocultar….

 

CoLDbuDY

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